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CONVIVENCIA
Hay sonidos que forman parte natural de la vida: chicos jugando, una reunión familiar, música un sábado, una obra en marcha.
El problema aparece cuando dejamos de percibir cuánto atraviesan las paredes, las ventanas… y la vida de los demás.
En barrios cerrados, donde las casas están más cerca de lo que parecen y la tranquilidad es uno de los principales valores buscados, el ruido ocupa un lugar mucho más importante de lo que solemos reconocer.
Muchas veces pensamos:
“Es solo por hoy.”
“No debe escucharse tanto.”
“No es tan tarde.”
Pero del otro lado puede haber alguien intentando dormir, un bebé descansando, una persona enferma, alguien trabajando temprano o simplemente buscando silencio.
La convivencia no depende solamente de grandes decisiones. También se construye a través de pequeñas consideraciones cotidianas.
Bajar el volumen durante la noche, anticipar reuniones numerosas, respetar horarios de obra o evitar aceleraciones innecesarias con motos y vehículos puede parecer mínimo. Sin embargo, son esas pequeñas acciones las que terminan definiendo cómo se siente vivir en comunidad.
Porque cuando el ruido invade constantemente el espacio de otros, deja de ser una expresión privada y pasa a convertirse en un problema colectivo.
Y porque el verdadero privilegio de vivir en un entorno como este no es solamente tener espacio.
Es poder disfrutar tranquilidad.